Siguiente objetivo: Brasil
El 4 de octubre se vota en Brasil y la elección está empatada a un punto. Lo que casi nadie está diciendo es que ahí no se juega Brasil: se juega el último cimiento del proyecto que empezó en São Paulo hace treinta y seis años. Y lo que pase ese domingo llega a México antes de lo que usted cree.
El domingo 4 de octubre, Brasil vota. La última encuesta de Nexus para BTG Pactual, levantada entre el 31 de julio y el 2 de agosto, da 46 por ciento a Lula y 45 a Flávio Bolsonaro.
Un punto. Dentro del margen de error. Y hace dos semanas la diferencia era de cuatro.
Pero este ensayo no trata de quién gana. Trata de por qué esa elección importa más que ninguna otra en el continente, y de por qué su resultado va a llegar a México antes de las elecciones del año que viene.
Le voy a contar una historia que empieza en 1990, en un salón de São Paulo, y que termina el año que viene en una boleta mexicana. Todo está conectado. Se lo voy a demostrar paso por paso.
Y voy a empezar por lo más simple, porque sin esto lo demás no se entiende.
Imagine que usted acaba de perder la guerra. No una batalla: la guerra entera.
Eso fue 1989 para las izquierdas latinoamericanas. En noviembre cayó el Muro de Berlín. Dos años después se disolvió la Unión Soviética. Y de la noche a la mañana desapareció todo al mismo tiempo: el dinero, el modelo y el argumento.
Conviene dimensionar lo que eso significó, porque hoy se cuenta como un dato de libro de texto y en su momento fue un cataclismo.
Cuba perdió de golpe el subsidio soviético que sostenía su economía entera y entró en lo que allá se llamó el Período Especial: apagones de doce horas, bicicletas chinas en lugar de autobuses, hambre real. Los movimientos armados centroamericanos se quedaron sin patrocinador justo cuando negociaban su desmovilización. Los partidos comunistas del continente, que llevaban setenta años explicando el mundo con un manual, se quedaron sin manual.
Y para cualquiera que mirara desde fuera, el asunto estaba resuelto. Francis Fukuyama publicó ese mismo año el ensayo sobre el fin de la historia. La conclusión general era que la izquierda latinoamericana se iba a extinguir por falta de oxígeno.
En julio de 1990, en un hotel de São Paulo, un dirigente sindical brasileño que había perdido dos elecciones presidenciales convocó a todos los que quedaban.
Asistieron delegaciones de casi todo el continente. El Partido de los Trabajadores brasileño como anfitrión, el Partido Comunista de Cuba, el Frente Sandinista, el Frente Farabundo Martí, el Frente Amplio uruguayo, y una constelación de partidos pequeños que en ese momento no gobernaban nada.
Nadie le prestó demasiada atención. Era un grupo de derrotados reunidos en un salón de hotel.
La respuesta que salió de ahí cambió el continente, y es de una simplicidad casi genial.
Abandonar la vía armada y competir en elecciones. No por convicción democrática necesariamente, sino porque era el único camino que quedaba abierto.
Que cada partido siguiera siendo nacional, pero que compartieran diagnóstico, calendario, cuadros y financiamiento. Una red, no un partido único. Por eso duró.
Una vez en el gobierno, reformar la constitución, el poder judicial y los órganos electorales. No para gobernar mejor, sino para que el regreso del adversario fuera más difícil.
Construir bloques regionales alternativos y buscar socios fuera del continente. Este es el postulado que explica todo lo que sigue.

Ese cuarto punto es el que casi nadie explica bien, y es el corazón de este ensayo.
El Foro nunca fue solo una alianza de partidos. Fue un proyecto geopolítico: sacar a América Latina de la órbita de Washington y meterla en otra.
Y ahora véalo en el calendario, porque la secuencia es lo que impresiona.
Hugo Chávez ganó Venezuela en 1998. Lula ganó Brasil en 2002, en su cuarto intento. Néstor Kirchner ganó Argentina en 2003. Tabaré Vázquez ganó Uruguay en 2004. Evo Morales ganó Bolivia en 2005. Rafael Correa ganó Ecuador en 2006. Daniel Ortega volvió a Nicaragua ese mismo año. Fernando Lugo ganó Paraguay en 2008. Mauricio Funes ganó El Salvador en 2009.
Once años. Nueve países. Casi todo el territorio y casi toda la población de América del Sur gobernados por partidos que se sentaban en la misma mesa cada año.
Y quiero ser justo con lo que hicieron bien, porque sin eso no se entiende su fuerza. Redujeron la pobreza en cifras reales. Metieron al Estado en lugares donde nunca había llegado. Le dieron representación política a poblaciones que llevaban siglos sin ella, particularmente indígenas y afrodescendientes.
Nada de eso es discutible y nada de eso lo invento yo: está en los datos de la CEPAL de esa década.
Pero al mismo tiempo, y en paralelo, ocurrió lo otro. Se reformaron constituciones para permitir reelecciones. Se rediseñaron cortes supremas. Se cambiaron reglas electorales. Y en varios casos el proyecto dejó de ser un gobierno para volverse un régimen, con Venezuela y Nicaragua como los dos ejemplos que hoy nadie discute.
Durante veinte años funcionó. Y funcionó por una razón muy concreta que casi nunca se menciona: encontraron un socio con dinero.
Aquí está la parte que se cuenta poco, y sin ella la historia no cierra.
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